viernes, 14 de septiembre de 2012

FORMACIÓN: REFLEXIÓN PARA CELEBRAR EL DÍA DE Nª SRA. DEL MAYOR DOLOR

El 15 de septiembre es la fiesta de la Virgen de los Dolores. Si el día anterior contemplamos y celebramos la Exaltación de la Santa Cruz, al día siguiente, siempre al pie de ella -de la Cruz-, hallamos y celebramos a María Santísima, la Madre del Crucificado y la Madre de todos los crucificados de la historia y del presente, la Virgen de los Dolores, la Corredentora, la Virgen solidaria con todos los que sufren.
En la liturgia de este día, tan celebrado en tantos y lugares de nuestra geografía eclesial, la oración colecta de la misa de hoy pide para todos nosotros, miembros de la Iglesia, que sepamos asociarnos, como María siempre al pie de la cruz, a la pasión de Jesucristo para poder participar un día de su Resurrección. En llamada oración de después de la comunión, se reza para que, al recordar hoy los dolores de la Virgen María, completemos en nosotros en favor de la Iglesia lo que falta a la pasión de Jesucristo. Se trata, en suma, de saber llevar nuestra cruz de cada día y saber ayudar a los demás en esta tarea, que, como ayer recordábamos, es el camino de la vida, es el libro de la sabiduría de Dios: llevar la cruz del deber, la cruz del dolor y la cruz de nuestra debilidad porque -como dijo Jesús-  quien quiera ser discípulo suyo, debe tomar la cruz y seguirle.
La Madre del Crucificado y de todos los crucificados
Y para ello, contamos con el ejemplo luminoso y la intercesión poderosa de María Santísima, modelo y madre de la Iglesia. Y es que, como reza uno de los prefacios litúrgicos dedicados a Santa María Virgen, “Ella, al recibir junto a la cruz el testamento del amor divino, tomó como hijos a todos los hombres, nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo”. María, hoy la Virgen de los Dolores, nos muestra, de este modo, el camino y ruega por nosotros.
Ella es la Madre solidaria al pie de la cruz de todos sus hijos: de nuestros hermanos enfermos, ancianos, parados, inmigrantes, victimas del odio y de la violencia. Ella vivió los gozos y las sombras de la existencia humana y supo permanecer fiel y firme junto a la cruz. Ella es la compañera ruta, que ilumina con su resplandor de gloria y de humanidad -orgullo de nuestra raza- nuestras sendas. Ella escuchó con limpio corazón y total disponibilidad la Palabra de Dios. Ella es modelo de la Iglesia suplicante. Ella acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina, le muestra el fruto bendito de su vientre y anticipa su suerte y su destino. Y Ella es bienaventurada por todas las generaciones por ser la humilde esclava del Señor y por ofrendar su vida entera a la Causa de Jesús y de su Reino.
Miremos la Estrella, miremos a María. Nos conduce hasta la gloria y nos acompaña cargando con la cruz y con los dolores de cada día. Que María Santísima ruegue por nosotros y visite especialmente a quienes, por cualquier causa, viven crucificados.

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